Ludwig Wittgenstein, la opción del jardinero.

Ludwig Wittgenstein, fue probablemente el filósofo más importante del siglo XX, en su primera etapa, la del tractatus lógico filosófico, buscó delinear la teoría del lenguaje con la lógica formal por culpa de la infecciosa influencia del gran Bertrand Russell. Años después, no pudiendo con los remordimientos que le atormentaban por haber buscado la paz mental de las fórmulas dentro de la filosofía del lenguaje, replantearía su filosofía en sus “Investigaciones filosóficas” proponiendo los “juegos del lenguaje”, las palabras tendrían desde esta instancia, significados distintos dependiendo de la “forma de vida” en la que son emitidos, y desde las diversas “reglas de juego” en diversos contextos. Me agrada Wittgenstein, evidentemente se sentía solo y sabía lo que era no tener formas de vida con quien mantener conversaciones medianamente racionales. Hastiado de la mediocridad de sus colegas en Cambridge, se retiró a Suecia donde trabajó como jardinero en un monasterio. Es desde esta instancia que presento mi cuento - homenaje, al gran filósofo del lenguaje, que prefirió el aislamiento y la soledad antes de tolerar la infecciosa mediocridad de sus numerosos allegados.
Campana de bronce, espada de invierno.
Prajapakti, era hijo de migrantes indios, que huyeron de la península malabar, en tiempos de las masacres que vinieron después de la independencia de la India. Su padre fue un pescador, miembro de un antiguo culto brahmánico que negaba la posibilidad de todas las percepciones, su madre proclamaba la fe tomasina. Ambos llegaron a Okinagua donde concibieron a Prajapakti.
Asummi, era descendiente de samuráis y poetas, su abuelo había sido general del ejército del emperador durante la segunda guerra mundial, el abuelo de este había sido un héroe condecorado durante la guerra ruso-japonesa, el abuelo de este había sido muerto peleando contra soldados del emperador defendiendo a su shogun durante las reformas meiji. Todos ellos habían sido extraordinarios exponentes del Haiku, la mínima y magistral poesía japonesa.
Prajapakti, dominaba a la perfección el indi lengua de su padre, el sánscrito, lengua de la fe de su padre, el malabar, lengua de su madre, y el griego antiguo, lengua de la fe de su madre. Prajapakti, usaba el japonés y sus formas literarias, al servicio de las profundas vertientes que lo nutrían. No tuvo más remedio que ser poeta, no pudo evitar ser un genio, y aunque trató, no logró librarse de ser considerado el más grande maestro de Haiku de su tiempo. Estudió física y se doctoró en mecánica de fluidos, solo para perfeccionarse en el arte de la poesía japonesa. Su último libro, utilizaba complejas fórmulas matemáticas, ecuaciones y teoremas de la física, para escribir la historia del Japón desde un estudio minucioso de ciertos jarrones de porcelana. A Prajapakti le apasionaba el hecho que el vidrio fuera en realidad un fluido, y desde esta instancia estudio durante años, con la ayuda de aparatos de precisión la minuciosa, y diminuta deformación que la porcelana había sufrido a través de los siglos. Con ayuda de complicadas técnicas el poeta extraía de los jarrones la historia antigua, clásica, feudal, y moderna de Japón, y la revelaba en el lenguaje del enigma desde sus Haikus. El emperador en persona había ordenado a su consorte que le sirviese el te, desde su propia mano, y la familia imperial toda, había reverenciado al poeta. Prajapakti, era en ese entonces catedrático de la universidad de Osaka.
Asummi era estudiante de posgrado en diseño gráfico en Osaka. Se corría el rumor que tenía talento. Había filmado algunos performances e improvisaciones artísticas, que fueron alagados por cierta crítica del medio. Escribía y dibujaba un animé, que gozaba de cierta popularidad. En el campo del diseño se distinguió con innovadoras ideas para campañas publicitarias. Asummi amaba el haiku y soñaba con ser poeta.
Ocurrió un jueves (los jueves son días en que las cosas suelen ocurrir), Prajapakti estaba sentado en una roca, en medio del jardín sen, solía pasarse horas mirando las ondas de arena y los pedrúsculos en forma de espiral. Trataba de pensar en un haiku, uno que hablase de un extraño sueño que se estaba tornando recurrente. En un momento indistinto, tomó una vara y escribió en la arena:
El mirlo purpura que cruzaba los cielos oníricos de mis infancias,
su canto incierto con olor a sal, la campana de cobre que me anhela como un amante,
y la oscura espada de invierno con su fragancia a presentimiento,
están a punto de decirme el secreto, siempre a punto, siempre, aún y todavía…
Asummi, que pasaba por ahí, sintió su corazón conmovido por aquellas misteriosas palabras en la arena. Aquel mirlo, aquel extraño mirlo púrpura que cantaba canciones que olían a sal, también formaba parte de sus mitologías, no se contuvo y corrió asentarse junto a Prajapakti. Atravesó el jardín sen, dañando sus formas con los pies, se situó de un salto junto a el poeta, y apresuradamente sacó su computadora portátil. Buscó con afán el you tube, y le mostró un comercial de fideos, que ella había creado, donde aparecía, en animación, un misterioso mirlo púrpura. El mirlo cantaba ya melodía tan dulce que sazonaba los fideos del comercial con salsa de soya, con la única ayuda de sus sonidos. La peculiar escena arrancó sonrisas de Prajapakti. Asummi, sintió que había llegado finalmente a su reino, a las tierras a las que pertenecía, y abrazó con fuerza a Prajapakti. El hombre acercó su rostro a la mejilla de la joven;– La asamblea de los pájaros- susurró el poeta a los oídos de Asummi. Luego se marchó.
Asummi, no tardó en descubrir que “la asamblea de los pájaros” era un libro místico de los sufitas persas, y tras hallarlo en la biblioteca local, lo leyó de una sola vez esa misma noche. Al día siguiente Asummi, escribió un ensayo crítico sobre aquel extraño relato de pájaros que partiendo en busca de Dios, emprenden un maravilloso viaje, y que finalmente descubren que la divinidad habita ahí en la suma de todos aquellos, en la suma de los que están en medio del viaje y la búsqueda. El relato fue entregado a Prajapakti. Este lo leyó ahí mismo. Finalmente exclamó: -Tal vez tengas talento, tal vez pueda causar un haiku, no hablaré contigo en dos años, déjalo todo durante ese tiempo, solo escribe y perfecciona 14 haikus, nos veremos aquí en dos años, seguramente llegarás a escribir uno que haga que tus ancestros se hubiesen enorgullecido de ti-. Prajapakti, entregó a Asummi su propio anillo, con él Asummi podía utilizar cualquiera de las propiedades del poeta (la mayoría casas campestres), no solo de Japón sino en Siveria, Alaska, Patagonia, Bolivia, Grecia o la India, también tenía acceso a una de sus cuentas de banco. – No te agobies en ningún lugar, viaja, busca tu propio sendero, no dejes que nada te distraiga de tu cometido, tráeme la poesía, encuentra el haiku-.
La noticia no tardó en conocerse, todo el mundo hablaba de aquella talentosa chica, hija de grandes poetas y maestros del haiku, descendiente de samuráis que había recibido el impulso y el auspicio del gran Prajapakti, para escribir la que sería sin duda la mejor obra poética en muchos años. Asumi fue a los Himalayas, a la India, visitó la miseria de Rwanda, la ostentosa fugacidad de París, se recluyó en viejas ermitas en Siberia, ayunó, oró, se embriagó, enloqueció en sucios bares indonesios, vivió como una monja en Portugal, lloró extasiada con corales monásticos en Italia, se unió a una pandilla en Salvador, apostó a los caballos en Los Ángeles, vivió como una adicta en las calles de Sao Paulo, quemó incienso en pagodas camboyanas. Siguó a su corazón en la búsqueda de toda experiencia, estudió poesías escritas por los más grandes maestros, escribió cientos y miles de bosquejos, finalmente, pasados dos años Asummi regresó a Japón. El día y la hora acordada entregó los 14 mejores Haikus que había creado en esos dos años. Prajapakti, la esperaba, sentado en aquella misma roca en medio del jardín sen. Asummi hizo una profunda reverencia, luego se marchó.
Una semana después Prajapakti, publicó los poemas de Asummi en una edición especial en los mayores periódicos de Osaka, y Tokio. Al final de los mismos, escribió una carta abierta dirigida al pueblo japonés, donde se disculpaba “hasta el polvo de los zapatos, del hombre más vil de estas tierras”, por haber permitido que cosas tan deleznables y mediocres salgan a la luz. Bastante estupor le causó un haiku que no era más que un intento obsceno de imitar a Baudelaire (un poeta europeo menor) con torpes galicismos que enturbiaban la musicalidad del japonés como moscas muertas en una alberca de lotos. Otro haiku especialmente espeluznante, hablaba de la incertidumbre de una cortesana del siglo XIX, al decidir si comía o no un pastelillo mantecado, ante el dilema ético de permitirse un placer mientras su amate esposo peleaba en las guerras napoleónicas. Pero los peores eran aquellos intentos deleznables de imitar la técnica literaria de sus abuelos, agregándole audaces toques posmodernos. La crítica de Prajapakti, finalizaba comparando a la mediocridad con la gangrena que destruye los miembros de sus víctimas, y aconsejando a Asummi continuar con su brillante carrera como publicista.
Ese mismo año Prajapakti, publicó un libro de poesías que describían a un Japón deducido desde cálculos probabilísticos. El poeta desarrolló un modelo matemático para explicar que hubiese sido del Japón si la invasión del Kublai Kan se hubiere efectuado en el siglo XI. Describió la opresión mongola, la afrenta de su pueblo desde los salvajes invasores sino-tártaros, las luchas de resistencia, los héroes que hubiera generado este acontecimiento, la cultura mixta que se hubiere provocado, las sociedades del futuro nacidas desde estos sucesos, y el tipo de géneros literarios nacidos de estos eventos, las oscuras mitologías desarrolladas, el futuro de los hijos del sol. El enigmático libro hizo que se le otorgasen al poeta todos los premios y galardones existentes, tanto en Japón cuanto en el resto del mundo. Prajapakti, aburrido de todo esto se retiró a un monasterio sen y se hizo jardinero. El emperador en persona iba a visitarlo periódicamente para besar su mano y llevarle te verde con galletas de arroz. Sin embargo un gran malestar atormentaba la conciencia de Prajapakti. Un malestar que no le dejaba dormir en paz.
Asummi, por su parte, horriblemente desprestigiada por la carta de el maestro, se dedicó por entero a trabajar en una agencia publicitaria, la fugaz fama que le causó la afrenta del gran Prajapakti, le valió un no despreciable prestigio, que le ayudó a tener contratos publicitarios bastante buenos, incluso llego a escribir un libro de superación personal basado en los viajes que realizó por el mundo bajo los auspicios del poeta. Sin embargo, dentro de si misma sospechaba, que el juicio y la crítica de Prajapakti, para con su poesía había sido desproporcionado, dentro de si misma albergaba la esperanza de que movido por la culpa, el viejo poeta, llegara a su casa y se disculpara con ella.
Mientras tanto, la paz se alejaba lenta pero firmemente de Prajapakti, casi no podía dormir, le atormentaban oscuros y secretos pensamientos, el rostro de Asummi, le acosaba día y noche. Finalmente, en medio de un silencioso juego de go con el abad del monasterio, el poeta tuvo un destello, decidió viajar a Osaka para hablar con Asummi.
Finalmente una noche lluviosa, Asummi, oyó golpes en su puerta, corrió a ver quien era (movida por un presentimiento), abrió. Era el maestro Prajapakti. El gran maestro apenas vio a Asummi se puso a llorar como un niño, y cayendo de rodillas ante ella le abrazó como un pequeño que abraza impotente al cadáver de su madre, su llanto apenas le dejaba hablar, finalmente encontró valor y dijo así:
Asummi. Si bien eres pequeña e insignificante, si bien no hay belleza en ti, si bien no has podido entender ni respetar la sutileza de un jardín sen, si bien tus torpes manos son incapaces de servir el té con corrección, si bien no te has compadecido de la sangre de tus antepasados, si bien tu hablar torpe lastima los oídos, yo Prajapakti Purbrahem, creí en ti. Te di mi confianza y mi venia para escribir poesía. ¿Y tú, que me diste a cambio , niña querida? ¡La inaceptable mediocridad de tus escritos! Con ellos has ofendido mi sensibilidad de una manera irreparable. No hayo la paz, no concilio el sueño, por favor, por favor, discúlpate conmigo por haberme dejado leer tan espantosos textos, tan extraordinario exceso de mediocridad infecta!
Prajapakti, estaba desesperado, lloraba aterrado. Entonces, la dulce Asummi, finalmente entendió: El noble corazón del poeta, había sido perforado por la mediocridad de sus escritos y el mal gusto de su poesía. Pocos seres en la tierra podían entender la verdadera poesía, pero menos numerosos aún eran los corazones que realmente podían ser heridos por el pestilencial veneno de la mediocridad. Asummi besó la frente de su maestro, lo hizo de manera dulcísima. – Mañana, buen maestro, mañana podrá leer mi disculpa en los diarios- Prajapakti, secó sus lágrimas y regresó al taxi que lo esperaba bajo la lluvia.
Esa misma noche, Asummi, consiente de la brutalidad de su transgresión, tomó la espada de sus abuelos, y ahí mismo, en la alfombra cometió sepuk, atravesándose a si misma con la espada. Mientras agonizaba y con uno de sus dedos escribió con sangre en la pared:
Espada de invierno, campana de bronce,
el pájaro de otoño, ( solo aquel), conocía el secreto,
se irán las estaciones y los años de los hombres,
y, a su tiempo, cuando el agua del río sea la misma
que abrazó tu pie de niño,
el mirlo dorado irá a besar tu frente durante la noche….








