Ursula K. Le Guin, y Jean Paul Sartré. El mortal peso de la verdadera existencia.
El personaje de cabellos rojos, en “la Nausea” del Gran Sartré, pretende jugar arrojando un guijarro. De repente se da cuenta de una asfixiante verdad: esa cosa en su mano existe. Realmente existe, incluso fuera de la fenomenología que sus sentidos reconocen de la materia. La existencia del universo es una falal verdad que Sartre describe durante la genial novela. El verdadero mar, nos cuenta Sartré, es frio y oscuro, esa lámina azul y cálida que las gentes persiven de él, es una persepción incompleta, no apuñala su realidad.Por otro lado, Ursula K. Le Guin, aprovecha una categoría semítica, del “ barak enosh” , el nombre sagrado, o el nombre verdadero, para describir sus fantásticas mitologías de seres cubiertos de escamas y alas poderosas. Cada cosa en el universo, es percibida falazmente por los sujetos que la rodean, por eso los personajes de Le Guin llaman a las cosas, y a las otras personas desde sus nombres “falsos” los nombres de la fenomenología oscurecida desde sus imprecisos sentidos. Sin embargo cada cosa tiene su “verdadero nombre”, o su “nombre secreto”, independiente de la incompleta percepción de las gentes. (Como ejemplo, los antiguos patricios creían que Roma era invencible porque sus enemigos no habían descifrado su nombre secreto, evidentemente un nombre verdadero y oculto, -tal vez los arrianos en el siglo V supieron el arcano).
En el universo de Le Guin, solo a través de ciertos oficios de la magia, es posible reconocer el “verdadero nombre” de las cosas y de las personas. Solo de esta manera se percibe la verdadera existencia , la “cosa en si” kantiana, que trasciende el fenómeno. En fin mi homenaje para estos dos maravillosos creadores de verdades:
Carne de psicoanalista.
Sobre un escritorio, desordenado y lleno de papeles, las luces de ciudad que se filtraban desde la ventana, permitían distinguir una edición alemana del Tractatus Draconiano, de Arséfelis Clementus, comentada y traducida del griego ptoloméico por Hans Dietrich. Junto al escritorio se podía ver una cama, dos figuras desnudas estaban tendidas sobre ella. Lebanen cubrió la frente de Amanda con el borde de la sábana, quería que la chica se pareciese a un ícono de la virgen María que había visto y amado hace muchos años en una iglesia oriental de Bizancio (hoy convertida en mezquita por las autoridades turcas).
El muchacho arregló meticulosamente la posición de la tela, sobre la frente de la joven, hasta que la chica le recordó vívidamente la imagen esbozada en aquellos lejanos mosaicos helenos, luego miró sus ojos (sus ya sagrados ojos), y le habló de esta manera:
- Has entrado silenciosamente en mi cama durante más de dos años, nunca nos hemos pedido nada, y nunca nos preguntamos nada sobre nuestros pasados, sin embargo se que esta noche me vas a confesar que amas a otro hombre. Antes que lo hagas debo decirte algo: Si ambos habitásemos en una tierra antigua, llamada Ashtermet, y si tu pueblo formara parte de un monarquía de príncipes poderosos detrás de un mar de arenas rojas, y si las puertas de acceso al reino de tus abuelos, se formase en medio de la nada, desde la niebla de la media tarde, cada ciento cincuenta años, y si para acercarse a ellas tuvieran que dar su vida cientos de hombres de armas, y si los sabios detrás de los mares escribiesen libros sobre los misterios de tu pueblo, y si yo fuese hijo de pastores, de una tierra humilde, y verde al otro lado del mar de arenas rojas, y detrás del mar de rocas y detrás del mar de aguas, y si tuviera terrores secretos acerca de mis propios sueños, y si hubiese visto el futuro del mundo en los ojos de los dragones que asechan los barcos de los pescadores del océano interior, y si hubiese tenido que aprender lenguas inverosímiles de boca de los comerciantes que cruzan por todas la tierras posibles (las de los hombres y las de la especulación), para atravesar los pueblos y reinos circundantes a ti. Entonces, sabe que te hubiera buscado, aún detrás de cada roca de las montañas oscuras, y se que me habrías estado esperando con una secreta incertidumbre, desde la angustia de los sueños que nos advierten de nosotros mismos, y al vernos finalmente, habríamos sabido que palabras decirnos.-
Lebannen, acercó su rostro a Amanda, y cubrió con una cobija el cuerpo de ambos para crear una pequeña tienda, entonces en la total oscuridad, y susurrando le advirtió que ahora estaban ahí, en el mundo que él había descrito.
- Porque realmente estamos aquí, y porque ahora se tu nombre secreto, y tu ya has sospechado el mío desde las fiebres de la infancia. Entonces, bella niña, ¿que me dirías?
- Amanda susurró una frase inaudible y secreta escondida tras los dedos de Lebannen, luego se dirigió a él: - Te diría; “Quédate conmigo, para siempre”- respondió Amanda
- No solo eso, - replicó Lebannen
- “Te amo, dolorosamente, hasta la sangre- respondió la muchacha– Y así ha sido desde que el primer pedrusco del mar de arena fue concebido en la mente del alfarero.
Entonces, el muchacho se levantó, bruscamente, encendió la luz, luego se sentó frente a la cama y prendió un cigarrillo, se le notaba verdaderamente nervioso, detrás de él se veían las luces de Quito invadiendo el Pichincha, como si se tratase de un pueblo colosal en peregrinaje, que armado de antorchas encendidas, pretendiese coronar sus cumbres esa misma noche. Lebannen aspiró algunas vocanadas de humo, y prosiguió:
- Todo lo que me acabas de decir, aconteció ahí, detrás de los verdaderos mares, luego de las verdaderas batallas, porque por un pequeño instante te permití ser real, y así tenía que ser, para que entendieses la verdad durante algunos segundos. Pero ahora hemos regresado a la tierra de sombras, y al mundo de los reflejos, a la tierra de nieblas y cavernas, a este, tu mundo de mierda, al que amas tanto. Donde soy el cuerpo anónimo sin rostro, que llena tus espacios vacíos, y al que saturas de tus miedos burgueses. Por eso, antes que vayas allá, donde él te espera, y antes que uses por última vez la copia de las llaves, recuerda el segundo de realidad que tuviste ocasión de vivir esta noche.
La mujer no tuvo tiempo de entender inmediatamente. Se vistió mientras temblaba, lloraba con una misteriosa tristeza que no podía definir. Besó la frente de Lebannen, quien seguía en aquella silla, desnudo y con la ceniza del cigarrillo ensuciándole los muslos.
- Sabes que esto es una locura- Dijo dulcemente, como una madre que consuela a un hijo moribundo. Él me espera, me voy, ya no podemos seguir viéndonos-
Amanda necesitó unas pocas semanas para entender lo que pasó en aquel misterioso segundo en casa de Lebannen, una serie de sueños recurrentes le aclararon la situación poco a poco.
Amante irremediable de la tierra de sombras, y temerosa de dejar el mundo de los reflejos, Amanda había repudiado su verdadera ciudadanía, las arenas arcaicas desde las cuales nuestros propios mares no son mas que sombrías proyecciones, había dejado atrás al peregrino de carne y piel, que habiéndola amado en el esplendor se su gloria la fue a buscar atravesando mar tras mar, hasta cruzar las fronteras de los arquetipos. Pero lo peor de todo es que Amanda había olvidado su propio nombre , su nombre verdadero y ya no podría regresar al dulce placer de volar extendiendo sus poderosas alas, al maravilloso ruido de sus enormes escamas chapoteando dulcemente sobre el agua de los ríos, y la frenética alegría de volverlas vapor desde los sutiles suspiros de fuego en su boca.





