Laberinto

Name: OZNES

Monday, September 14, 2009

Ludwig Wittgenstein, la opción del jardinero.



Ludwig Wittgenstein, fue probablemente el filósofo más importante del siglo XX, en su primera etapa, la del tractatus lógico filosófico, buscó delinear la teoría del lenguaje con la lógica formal por culpa de la infecciosa influencia del gran Bertrand Russell. Años después, no pudiendo con los remordimientos que le atormentaban por haber buscado la paz mental de las fórmulas dentro de la filosofía del lenguaje, replantearía su filosofía en sus “Investigaciones filosóficas” proponiendo los “juegos del lenguaje”, las palabras tendrían desde esta instancia, significados distintos dependiendo de la “forma de vida” en la que son emitidos, y desde las diversas “reglas de juego” en diversos contextos. Me agrada Wittgenstein, evidentemente se sentía solo y sabía lo que era no tener formas de vida con quien mantener conversaciones medianamente racionales. Hastiado de la mediocridad de sus colegas en Cambridge, se retiró a Suecia donde trabajó como jardinero en un monasterio. Es desde esta instancia que presento mi cuento - homenaje, al gran filósofo del lenguaje, que prefirió el aislamiento y la soledad antes de tolerar la infecciosa mediocridad de sus numerosos allegados.


Campana de bronce, espada de invierno.

Prajapakti, era hijo de migrantes indios, que huyeron de la península malabar, en tiempos de las masacres que vinieron después de la independencia de la India. Su padre fue un pescador, miembro de un antiguo culto brahmánico que negaba la posibilidad de todas las percepciones, su madre proclamaba la fe tomasina. Ambos llegaron a Okinagua donde concibieron a Prajapakti.

Asummi, era descendiente de samuráis y poetas, su abuelo había sido general del ejército del emperador durante la segunda guerra mundial, el abuelo de este había sido un héroe condecorado durante la guerra ruso-japonesa, el abuelo de este había sido muerto peleando contra soldados del emperador defendiendo a su shogun durante las reformas meiji. Todos ellos habían sido extraordinarios exponentes del Haiku, la mínima y magistral poesía japonesa.


Prajapakti, dominaba a la perfección el indi lengua de su padre, el sánscrito, lengua de la fe de su padre, el malabar, lengua de su madre, y el griego antiguo, lengua de la fe de su madre. Prajapakti, usaba el japonés y sus formas literarias, al servicio de las profundas vertientes que lo nutrían. No tuvo más remedio que ser poeta, no pudo evitar ser un genio, y aunque trató, no logró librarse de ser considerado el más grande maestro de Haiku de su tiempo. Estudió física y se doctoró en mecánica de fluidos, solo para perfeccionarse en el arte de la poesía japonesa. Su último libro, utilizaba complejas fórmulas matemáticas, ecuaciones y teoremas de la física, para escribir la historia del Japón desde un estudio minucioso de ciertos jarrones de porcelana. A Prajapakti le apasionaba el hecho que el vidrio fuera en realidad un fluido, y desde esta instancia estudio durante años, con la ayuda de aparatos de precisión la minuciosa, y diminuta deformación que la porcelana había sufrido a través de los siglos. Con ayuda de complicadas técnicas el poeta extraía de los jarrones la historia antigua, clásica, feudal, y moderna de Japón, y la revelaba en el lenguaje del enigma desde sus Haikus. El emperador en persona había ordenado a su consorte que le sirviese el te, desde su propia mano, y la familia imperial toda, había reverenciado al poeta. Prajapakti, era en ese entonces catedrático de la universidad de Osaka.


Asummi era estudiante de posgrado en diseño gráfico en Osaka. Se corría el rumor que tenía talento. Había filmado algunos performances e improvisaciones artísticas, que fueron alagados por cierta crítica del medio. Escribía y dibujaba un animé, que gozaba de cierta popularidad. En el campo del diseño se distinguió con innovadoras ideas para campañas publicitarias. Asummi amaba el haiku y soñaba con ser poeta.

Ocurrió un jueves (los jueves son días en que las cosas suelen ocurrir), Prajapakti estaba sentado en una roca, en medio del jardín sen, solía pasarse horas mirando las ondas de arena y los pedrúsculos en forma de espiral. Trataba de pensar en un haiku, uno que hablase de un extraño sueño que se estaba tornando recurrente. En un momento indistinto, tomó una vara y escribió en la arena:

El mirlo purpura que cruzaba los cielos oníricos de mis infancias,
su canto incierto con olor a sal, la campana de cobre que me anhela como un amante,
y la oscura espada de invierno con su fragancia a presentimiento,
están a punto de decirme el secreto, siempre a punto, siempre, aún y todavía…


Asummi, que pasaba por ahí, sintió su corazón conmovido por aquellas misteriosas palabras en la arena. Aquel mirlo, aquel extraño mirlo púrpura que cantaba canciones que olían a sal, también formaba parte de sus mitologías, no se contuvo y corrió asentarse junto a Prajapakti. Atravesó el jardín sen, dañando sus formas con los pies, se situó de un salto junto a el poeta, y apresuradamente sacó su computadora portátil. Buscó con afán el you tube, y le mostró un comercial de fideos, que ella había creado, donde aparecía, en animación, un misterioso mirlo púrpura. El mirlo cantaba ya melodía tan dulce que sazonaba los fideos del comercial con salsa de soya, con la única ayuda de sus sonidos. La peculiar escena arrancó sonrisas de Prajapakti. Asummi, sintió que había llegado finalmente a su reino, a las tierras a las que pertenecía, y abrazó con fuerza a Prajapakti. El hombre acercó su rostro a la mejilla de la joven;– La asamblea de los pájaros- susurró el poeta a los oídos de Asummi. Luego se marchó.

Asummi, no tardó en descubrir que “la asamblea de los pájaros” era un libro místico de los sufitas persas, y tras hallarlo en la biblioteca local, lo leyó de una sola vez esa misma noche. Al día siguiente Asummi, escribió un ensayo crítico sobre aquel extraño relato de pájaros que partiendo en busca de Dios, emprenden un maravilloso viaje, y que finalmente descubren que la divinidad habita ahí en la suma de todos aquellos, en la suma de los que están en medio del viaje y la búsqueda. El relato fue entregado a Prajapakti. Este lo leyó ahí mismo. Finalmente exclamó: -Tal vez tengas talento, tal vez pueda causar un haiku, no hablaré contigo en dos años, déjalo todo durante ese tiempo, solo escribe y perfecciona 14 haikus, nos veremos aquí en dos años, seguramente llegarás a escribir uno que haga que tus ancestros se hubiesen enorgullecido de ti-. Prajapakti, entregó a Asummi su propio anillo, con él Asummi podía utilizar cualquiera de las propiedades del poeta (la mayoría casas campestres), no solo de Japón sino en Siveria, Alaska, Patagonia, Bolivia, Grecia o la India, también tenía acceso a una de sus cuentas de banco. – No te agobies en ningún lugar, viaja, busca tu propio sendero, no dejes que nada te distraiga de tu cometido, tráeme la poesía, encuentra el haiku-.

La noticia no tardó en conocerse, todo el mundo hablaba de aquella talentosa chica, hija de grandes poetas y maestros del haiku, descendiente de samuráis que había recibido el impulso y el auspicio del gran Prajapakti, para escribir la que sería sin duda la mejor obra poética en muchos años. Asumi fue a los Himalayas, a la India, visitó la miseria de Rwanda, la ostentosa fugacidad de París, se recluyó en viejas ermitas en Siberia, ayunó, oró, se embriagó, enloqueció en sucios bares indonesios, vivió como una monja en Portugal, lloró extasiada con corales monásticos en Italia, se unió a una pandilla en Salvador, apostó a los caballos en Los Ángeles, vivió como una adicta en las calles de Sao Paulo, quemó incienso en pagodas camboyanas. Siguó a su corazón en la búsqueda de toda experiencia, estudió poesías escritas por los más grandes maestros, escribió cientos y miles de bosquejos, finalmente, pasados dos años Asummi regresó a Japón. El día y la hora acordada entregó los 14 mejores Haikus que había creado en esos dos años. Prajapakti, la esperaba, sentado en aquella misma roca en medio del jardín sen. Asummi hizo una profunda reverencia, luego se marchó.

Una semana después Prajapakti, publicó los poemas de Asummi en una edición especial en los mayores periódicos de Osaka, y Tokio. Al final de los mismos, escribió una carta abierta dirigida al pueblo japonés, donde se disculpaba “hasta el polvo de los zapatos, del hombre más vil de estas tierras”, por haber permitido que cosas tan deleznables y mediocres salgan a la luz. Bastante estupor le causó un haiku que no era más que un intento obsceno de imitar a Baudelaire (un poeta europeo menor) con torpes galicismos que enturbiaban la musicalidad del japonés como moscas muertas en una alberca de lotos. Otro haiku especialmente espeluznante, hablaba de la incertidumbre de una cortesana del siglo XIX, al decidir si comía o no un pastelillo mantecado, ante el dilema ético de permitirse un placer mientras su amate esposo peleaba en las guerras napoleónicas. Pero los peores eran aquellos intentos deleznables de imitar la técnica literaria de sus abuelos, agregándole audaces toques posmodernos. La crítica de Prajapakti, finalizaba comparando a la mediocridad con la gangrena que destruye los miembros de sus víctimas, y aconsejando a Asummi continuar con su brillante carrera como publicista.

Ese mismo año Prajapakti, publicó un libro de poesías que describían a un Japón deducido desde cálculos probabilísticos. El poeta desarrolló un modelo matemático para explicar que hubiese sido del Japón si la invasión del Kublai Kan se hubiere efectuado en el siglo XI. Describió la opresión mongola, la afrenta de su pueblo desde los salvajes invasores sino-tártaros, las luchas de resistencia, los héroes que hubiera generado este acontecimiento, la cultura mixta que se hubiere provocado, las sociedades del futuro nacidas desde estos sucesos, y el tipo de géneros literarios nacidos de estos eventos, las oscuras mitologías desarrolladas, el futuro de los hijos del sol. El enigmático libro hizo que se le otorgasen al poeta todos los premios y galardones existentes, tanto en Japón cuanto en el resto del mundo. Prajapakti, aburrido de todo esto se retiró a un monasterio sen y se hizo jardinero. El emperador en persona iba a visitarlo periódicamente para besar su mano y llevarle te verde con galletas de arroz. Sin embargo un gran malestar atormentaba la conciencia de Prajapakti. Un malestar que no le dejaba dormir en paz.

Asummi, por su parte, horriblemente desprestigiada por la carta de el maestro, se dedicó por entero a trabajar en una agencia publicitaria, la fugaz fama que le causó la afrenta del gran Prajapakti, le valió un no despreciable prestigio, que le ayudó a tener contratos publicitarios bastante buenos, incluso llego a escribir un libro de superación personal basado en los viajes que realizó por el mundo bajo los auspicios del poeta. Sin embargo, dentro de si misma sospechaba, que el juicio y la crítica de Prajapakti, para con su poesía había sido desproporcionado, dentro de si misma albergaba la esperanza de que movido por la culpa, el viejo poeta, llegara a su casa y se disculpara con ella.

Mientras tanto, la paz se alejaba lenta pero firmemente de Prajapakti, casi no podía dormir, le atormentaban oscuros y secretos pensamientos, el rostro de Asummi, le acosaba día y noche. Finalmente, en medio de un silencioso juego de go con el abad del monasterio, el poeta tuvo un destello, decidió viajar a Osaka para hablar con Asummi.

Finalmente una noche lluviosa, Asummi, oyó golpes en su puerta, corrió a ver quien era (movida por un presentimiento), abrió. Era el maestro Prajapakti. El gran maestro apenas vio a Asummi se puso a llorar como un niño, y cayendo de rodillas ante ella le abrazó como un pequeño que abraza impotente al cadáver de su madre, su llanto apenas le dejaba hablar, finalmente encontró valor y dijo así:
Asummi. Si bien eres pequeña e insignificante, si bien no hay belleza en ti, si bien no has podido entender ni respetar la sutileza de un jardín sen, si bien tus torpes manos son incapaces de servir el té con corrección, si bien no te has compadecido de la sangre de tus antepasados, si bien tu hablar torpe lastima los oídos, yo Prajapakti Purbrahem, creí en ti. Te di mi confianza y mi venia para escribir poesía. ¿Y tú, que me diste a cambio , niña querida? ¡La inaceptable mediocridad de tus escritos! Con ellos has ofendido mi sensibilidad de una manera irreparable. No hayo la paz, no concilio el sueño, por favor, por favor, discúlpate conmigo por haberme dejado leer tan espantosos textos, tan extraordinario exceso de mediocridad infecta!

Prajapakti, estaba desesperado, lloraba aterrado. Entonces, la dulce Asummi, finalmente entendió: El noble corazón del poeta, había sido perforado por la mediocridad de sus escritos y el mal gusto de su poesía. Pocos seres en la tierra podían entender la verdadera poesía, pero menos numerosos aún eran los corazones que realmente podían ser heridos por el pestilencial veneno de la mediocridad. Asummi besó la frente de su maestro, lo hizo de manera dulcísima. – Mañana, buen maestro, mañana podrá leer mi disculpa en los diarios- Prajapakti, secó sus lágrimas y regresó al taxi que lo esperaba bajo la lluvia.

Esa misma noche, Asummi, consiente de la brutalidad de su transgresión, tomó la espada de sus abuelos, y ahí mismo, en la alfombra cometió sepuk, atravesándose a si misma con la espada. Mientras agonizaba y con uno de sus dedos escribió con sangre en la pared:

Espada de invierno, campana de bronce,
el pájaro de otoño, ( solo aquel), conocía el secreto,
se irán las estaciones y los años de los hombres,
y, a su tiempo, cuando el agua del río sea la misma
que abrazó tu pie de niño,
el mirlo dorado irá a besar tu frente durante la noche….

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Tuesday, August 18, 2009

Roberto Bolaño. Un extraordinario escritor que no tenía nada que decir.

Roberto Bolaño escribía bien. Roberto Bolaño, sabía mucho de literatura. Roberto Bolaño tenía muchos amigos escritores. Roberto Bolaño se enfrentó a los fachos pinochetistas en su momento. Roberto Bolaño hizo refinada crítica poética (dividir a los poetas entre: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos, es una prueba indiscutible que practicaba un sibarítico buen gusto para ejercer la crítica – aunque esta haya estado refugiada en el personaje de una novela-). Fuera de eso Roberto Bolaño no tenía mucho que decir. Es una pena.
Es obvio, nadie que haya tratado de cuestionar al gran Octavio Paz puede salir bien parado (el socialismo latinoamericano tuvo entre otros desaciertos, el desafortunado destino de ir por ahí generando “realismos”). Borges tomaba la precaución de no leer nada que no tenga por lo menos 50 años, para evitarse disgustos. Creo que volveré a Bolaño en algunas décadas porsiacaso lo haya juzgado ligeramente.
De los “detectives salvajes” me queda el sabor de una idea agradable (excelente para un muy buen cuento), diálogos ingeniosos, párrafos bien logrados, efectiva crítica literaria embadurnada entre conversaciones con amigos, interesantes felaciones con camareras, trifulcas de verdulera entre escritorzuelos. En fin. Nada más. O sea nada. Como salir de un restaurante vegetariano cagado del hambre.
El hecho que Bolaño, no tenga realmente nada que decir no le quita su madera de escritor. Le convierte en un excelente caso para aquella máquina fenomenal pensada en la “Fundación” de Isaac Asimov, que tras analizar los textos diplomáticos, llegaba a una interesantísima conclusión: 0 . No es justo quemar 14 horas le lectura para llegar a una conclusión así. ¿O si?

Creo que la mejor manera de escribir una novela (una muy larga), especialmente una sobre búsquedas, es aquella escondida en las angustiantes pesadillas del sujeto lector. En este espíritu, propongo al perspicaz leyente el siguiente ejercicio: Se presentan algunos inicios de novelas que reclaman acontecimientos futuros y desenlaces. Así mismo un grupo de párrafos que proponen finales, de novelas hipotéticas, para que el lector imagine sus inicios. Del mundo interior de cada uno, se armará el rompecabezas. La única manera, según creo, de decir algo.

Inicios de libros sobre viajes y búsquedas:

En tercera persona:

La idea de una cantidad infinita de líneas capaces de atravesar un único punto le había aterrorizado desde la niñez. Los pitagóricos habían asignado a esta extraña cualidad de los conceptos matemáticos, dimensiones divinas. Para Hernán, sin embargo, esta posibilidad conjetural estaba más cerca del terreno de las pesadillas, que de las especulaciones teológicas. El sueño que lo había despertado había sido especialmente intenso:
Una enorme rueda de acero se elevaba a kilómetros de altura, había sido como ver una montaña girando sobre su propio eje. La rueda ejecutaba una vuelta completa sobre si misma tras cientos de billones de años. Hernán lo había calculado secretamente durante el sueño….

En segunda persona:

Despertaste, y frente a ti viste ese enorme caballo negro, el vapor surgía del vaho en sus fauces. No era un sueño, porque el animal seguía de pie frente a ti aún cuando te levantaste para verlo de cerca. Lo miraste, muchos segundos, hasta perderlo de vista en algún momento indistinto. Entonces pasó. Tomaste mi mano, mientras dormía, me despertaste, miré la angustia en tus ojos. Entendí de una manera secreta lo que ibas a decir, antes de abrir la boca. Esa noche me confesaste que ya no me amabas. Por eso te pedí que jugásemos una última vez antes que amaneciese, quería ser parte de tus pensamientos una vez más, abrimos el viejo anaquel, sacamos el tablero, y dispusimos las fichas, las mirabas con desconfianza con una especie de reverente miedo….


En primera persona:

Desperté llorando, no gritaba, pero balbuceaba limpiamente. No pude evitar la fuerza de mis sollozos y desperté a Solaya. –¿Qué pasa amor?- preguntó dulcemente, mientras ponía su brazo alrededor de mi pecho. – Me atormenta el universo-, respondí sin dudar. Ella sabía que hacer, había aprendido a entender mi cartografía onírica de memoria. -Me ama realmente- pensé para mi mismo, mientras sentía esas blandas palmadas en mi costado. Inevitablemente yo también la amaba. Entonces supe que debía dejarla, que no podría volver a verla jamás….


Finales de libros sobre viajes y búsquedas.

Desde el punto de vista de él:

……Lorena y Esteban habían estado sentados durante horas en el muelle, la torre negra de Salónica soportaba los vientos que anunciaban la pronta llegada del invierno. Esteban pensó en faltar a su promesa y violentar los acuerdos de su travesía, no tenía nada que ver con ningún deseo en especial, simplemente aquel helado aire hacía que necesite tocar la mano de Lorena, saber si estaba bien, si podía darle algo de su calor. Entonces pasó. Una voz grave, los saludó tibiamente, - kale hemera- dijo un hombre anciano de blancos y largos cabellos, que llegó repentinamente frente a ellos. –kale hemera- respondió Esteban. El anciano se acercó al muchacho y le obsequió una pieza de pan griego. Aún estaba caliente. – Eujariskó- dijo el joven. Luego buscó los ojos de Lorena. La muchacha (Esteban no lo había notado), los tenía llenos de lágrimas. Él quiso mostrarle el particular obsequio de aquel amable anciano, y entonces, al tratar de hacerlo, repentinamente se dio cuenta de todo: Ahí, en aquel pedazo de harina horneada con forma circular, en aquella rosca tibia se encontraba la respuesta, y el significado del viaje, y sin duda de todos los viajes, aquella pieza de masa, como una pequeña serpiente alimentándose de su propia cola, no tenía inicio, ni final, ni tiempo, existía eterna, inmóvil y perfecta. Lloraron ambos, tocaron sus manos.

Desde el punto de vista de ella:

Castalis quiso sentarse porque la larga caminata bajo el sol la había desgastado sobremanera, se tumbó en la yerba, Arkustal, su guía parsi, entendió que debían descansar y se tumbó en el suelo a una prudencial distancia de los muchachos.
A lo lejos, se podían ver aquellas oscuras torres, y a las enormes aves negras que volaban en círculos sobre ellas. Era cierto, no se escuchaba nada. A esa distancia ya podían palpar el imponente silencio que se propagaba desde las torres como el vibrar de gigantescas campanas negras. Castalis hubiese querido esconderse en un pequeño capullo de mariposa y no salir jamás. Todavía de pie, junto a ella, Basilio prendía un cigarrillo. En cierta manera, su silencio de antiguo soldado, le había estado diciendo mucho más durante el viaje de lo que ella había sido capaz de entender. Castalis tomó su tobillo, con fuerza, Basilio fumaba, y miraba indistintamente hacia el horizonte, aquellas sombrías torres del silencio, no le decían nada, había soportado las molestias de un viaje tan largo, las insufribles multitudes de la India, y los infestados trenes, prácticamente sin hablar. Castalis, casi movida por un instinto, apoyo su cabeza en una de las piernas del hombre. El silencio saturaba toda aquella llanura, con un estridente murmullo de nada. Entonces Basilio sacó algo de su bolsillo. – ¿Quieres un cigarrillo?- preguntó ásperamente, de aquella manera honda y melancólica, con la que decía todas las cosas. La pregunta no encajaba, era de otro universo, totalmente lejano a aquella sublime y terrorífica llanura, y sin embargo su timbre, su tonalidad, y los armónicos de su voz cortaban eficazmente aquel océano vacío a su alrededor. –Toma mi brazo, lo más fuerte que puedas, y llévame de vuelta a la ciudad, o a donde sea, pero no me vuelvas a soltar- Susurró Castalis. Basili aspiró hondamente su tabaco, luego asintió con la cabeza.
……

Un final indistinto…

….Fragmento de la carta del anciano que miraba feo desde las cornisa blanca:

“Yo siempre pensé que eras una muchacha rara, porque me recordabas a ese niño, en medio de la guerra civil, ataviado de escuela, y con cabello engrasado. El niño lloraba porque tenía hambre, Madrid estaba sitiada, los falangistas iban a entrar en cualquier momento y los soviéticos se habían olvidado de nosotros. Cuando te oí llorar me angustié porque llorabas igual que él, y supe que ya no había más esperanza en el mundo”.

Wednesday, July 08, 2009

Fiodor Dostoievski, la culpa como género literario.


Fiodor Dostoievski sí sabía. Entendió magistralmente que toda la miseria del mundo empieza desde un secreto fermento en nuestros corazones, y lo mejor de todo, descubrió una especie de asombro morboso en la culpabilidad. En su universo, un prisionero siberiano arroja, deliberadamente, un objeto pesado a la cabeza del alcaide de la cárcel, falla, pero es igual, le esperan innombrables sufrimientos a manos de torturadores y verdugos. La razón: El infeliz había leído la biblia durante todo el invierno y había identificado eficazmente a la expiación temporal como un ungüento contra la culpa. La culpa es una mierda. Duele. La mejor manera de quitársela de encima es con una buena patada en los huevos. Dostoievski entendió. A lo mejor mi destino esté escrito en alguna cabaña de Siberia, y el calor de una prostituta agripada salida de algún barrio miserable de Moscú pueda darme lo suficiente como para olvidar mi propio nombre. Lo necesito. En serio.
Mi homenaje:

Síndrome de abstinencia.

Cuando era niño llegué con mis hermanos y padres a una hermosa montaña en el campo. Espigas doradas cubríanle. Jugamos a escondernos en ellas. Fue divertido, y fue mágico. Nadie descubrió mi guarida, gané. Sonreí en mi victoria. Sin darme cuenta estaba siendo feliz.
Muchos años, muchas yagas, y muchos litros de wisky barato después, yo me había convertido en un esclavo. Vi miles de formas de guerra, y muerte, y perdí los últimos resquicios de inocencia que un hombre puede conservar. Había visto el amor en una niebla indefinible, solo el tiempo suficiente para sentir como se moría. Había perdido las cosas más importantes de mi vida antes de empezar a saber que existían. Había llorado sin lágrimas en mercados de Estambul infestados de vendedores de opio, había aprendido reutilizar la ceniza oscura de la amapola quemada, había perdido dos muelas y parte del tabique en una pelea con marineros en el adriático, había roto mi clavícula trabajando en las minas de cobre en Potosí. Había pagado a mujeres indonesias en moneda europea, para prácticamente cualquier cosa, incluyendo la más grande deptrabación que se le puede pedir a una prostituta, suplicar que hablen conmigo unos minutos, que finjiesen que entendían mis balbuceos de ebrio, que alguna de ellas me dijese que me amaba. Había visto morirse el sol en Uganda, mientras soldados drogados violaban cuerpos de niñas casi muertas. Lo había visto todo, sentado y con un oscuro cigarro en la boca, buscando una buena vena para clavar la aguja. Había vendido a mi mejor amigo, para librarme de una cárcel en Indonesia. Había tragado, vomitado y vuelto a tragar más de una docena de preservativos llenos de cocaína. Había visto morir de hambre a mi única amiga, en mis brazos, negándose a comer por miedo a que la lleve “el mono”, en una clínica uruguaya. Había matado, había robado miles de veces, había adulterado drogas buscando la vida de clientes fallidos, había provocado tiroteos, muertes y quemaduras, había visto cosas oscuras y putrefactas arrastrarse en mi suelo nocturno.
Había visto todo aquello, pero esa tarde, esa precisa tarde en la que devorábamos una botella de vino barato, mesclado con jarabe para la tos, con mi amigo el poeta (se ganó ese nombre mesclando ácidos), aquella tarde en que la luna dejaba ver su gloria transparente en los azules cielos de Quito, aquella misteriosa tarde, me di cuenta de aquella aterradora verdad: Estábamos en la misma montaña a la que había ido en mi niñez. Las espigas seguían ahí, y seguían siendo doradas. Entonces, invadido de un tibio llanto que surgía de mi interior, recordé aquellos versos de Arcéfelis Clementus (los había leído escritos en la sucia pared de una cárcel, en griego toloméico, en Ejipto), “…faro, alejandrino, hurtador de almas, hurtador de almas, desde la infecta barriga del hades, dime como viéndote empieza otra vez el universo”. Me di cuenta enseguida, todo tuvo sentido por unos segundos, aquel faro inaudito, había ocultado su faz, secretamente desde alguna incierta espiga amarilla, y estaba ahí, asechando, buscando pacientemente el momento de robarse mi vida, otra vez. Me reí, y lo juro, era la voz de un niño de cinco años.
Se que la cabra se va a comer mi cabeza, esta noche. El “mono” puede durar más de tres días, y sin atención médica, la mayoría muere entre convulsiones, y delirios espantosos. Veamos.

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Saturday, June 13, 2009

Ursula K. Le Guin, y Jean Paul Sartré. El mortal peso de la verdadera existencia.

El personaje de cabellos rojos, en “la Nausea” del Gran Sartré, pretende jugar arrojando un guijarro. De repente se da cuenta de una asfixiante verdad: esa cosa en su mano existe. Realmente existe, incluso fuera de la fenomenología que sus sentidos reconocen de la materia. La existencia del universo es una falal verdad que Sartre describe durante la genial novela. El verdadero mar, nos cuenta Sartré, es frio y oscuro, esa lámina azul y cálida que las gentes persiven de él, es una persepción incompleta, no apuñala su realidad.
Por otro lado, Ursula K. Le Guin, aprovecha una categoría semítica, del “ barak enosh” , el nombre sagrado, o el nombre verdadero, para describir sus fantásticas mitologías de seres cubiertos de escamas y alas poderosas. Cada cosa en el universo, es percibida falazmente por los sujetos que la rodean, por eso los personajes de Le Guin llaman a las cosas, y a las otras personas desde sus nombres “falsos” los nombres de la fenomenología oscurecida desde sus imprecisos sentidos. Sin embargo cada cosa tiene su “verdadero nombre”, o su “nombre secreto”, independiente de la incompleta percepción de las gentes. (Como ejemplo, los antiguos patricios creían que Roma era invencible porque sus enemigos no habían descifrado su nombre secreto, evidentemente un nombre verdadero y oculto, -tal vez los arrianos en el siglo V supieron el arcano).
En el universo de Le Guin, solo a través de ciertos oficios de la magia, es posible reconocer el “verdadero nombre” de las cosas y de las personas. Solo de esta manera se percibe la verdadera existencia , la “cosa en si” kantiana, que trasciende el fenómeno. En fin mi homenaje para estos dos maravillosos creadores de verdades:

Carne de psicoanalista.
Sobre un escritorio, desordenado y lleno de papeles, las luces de ciudad que se filtraban desde la ventana, permitían distinguir una edición alemana del Tractatus Draconiano, de Arséfelis Clementus, comentada y traducida del griego ptoloméico por Hans Dietrich. Junto al escritorio se podía ver una cama, dos figuras desnudas estaban tendidas sobre ella. Lebanen cubrió la frente de Amanda con el borde de la sábana, quería que la chica se pareciese a un ícono de la virgen María que había visto y amado hace muchos años en una iglesia oriental de Bizancio (hoy convertida en mezquita por las autoridades turcas).
El muchacho arregló meticulosamente la posición de la tela, sobre la frente de la joven, hasta que la chica le recordó vívidamente la imagen esbozada en aquellos lejanos mosaicos helenos, luego miró sus ojos (sus ya sagrados ojos), y le habló de esta manera:
- Has entrado silenciosamente en mi cama durante más de dos años, nunca nos hemos pedido nada, y nunca nos preguntamos nada sobre nuestros pasados, sin embargo se que esta noche me vas a confesar que amas a otro hombre. Antes que lo hagas debo decirte algo: Si ambos habitásemos en una tierra antigua, llamada Ashtermet, y si tu pueblo formara parte de un monarquía de príncipes poderosos detrás de un mar de arenas rojas, y si las puertas de acceso al reino de tus abuelos, se formase en medio de la nada, desde la niebla de la media tarde, cada ciento cincuenta años, y si para acercarse a ellas tuvieran que dar su vida cientos de hombres de armas, y si los sabios detrás de los mares escribiesen libros sobre los misterios de tu pueblo, y si yo fuese hijo de pastores, de una tierra humilde, y verde al otro lado del mar de arenas rojas, y detrás del mar de rocas y detrás del mar de aguas, y si tuviera terrores secretos acerca de mis propios sueños, y si hubiese visto el futuro del mundo en los ojos de los dragones que asechan los barcos de los pescadores del océano interior, y si hubiese tenido que aprender lenguas inverosímiles de boca de los comerciantes que cruzan por todas la tierras posibles (las de los hombres y las de la especulación), para atravesar los pueblos y reinos circundantes a ti. Entonces, sabe que te hubiera buscado, aún detrás de cada roca de las montañas oscuras, y se que me habrías estado esperando con una secreta incertidumbre, desde la angustia de los sueños que nos advierten de nosotros mismos, y al vernos finalmente, habríamos sabido que palabras decirnos.-
Lebannen, acercó su rostro a Amanda, y cubrió con una cobija el cuerpo de ambos para crear una pequeña tienda, entonces en la total oscuridad, y susurrando le advirtió que ahora estaban ahí, en el mundo que él había descrito.
- Porque realmente estamos aquí, y porque ahora se tu nombre secreto, y tu ya has sospechado el mío desde las fiebres de la infancia. Entonces, bella niña, ¿que me dirías?
- Amanda susurró una frase inaudible y secreta escondida tras los dedos de Lebannen, luego se dirigió a él: - Te diría; “Quédate conmigo, para siempre”- respondió Amanda
- No solo eso, - replicó Lebannen
- “Te amo, dolorosamente, hasta la sangre- respondió la muchacha– Y así ha sido desde que el primer pedrusco del mar de arena fue concebido en la mente del alfarero.
Entonces, el muchacho se levantó, bruscamente, encendió la luz, luego se sentó frente a la cama y prendió un cigarrillo, se le notaba verdaderamente nervioso, detrás de él se veían las luces de Quito invadiendo el Pichincha, como si se tratase de un pueblo colosal en peregrinaje, que armado de antorchas encendidas, pretendiese coronar sus cumbres esa misma noche. Lebannen aspiró algunas vocanadas de humo, y prosiguió:
- Todo lo que me acabas de decir, aconteció ahí, detrás de los verdaderos mares, luego de las verdaderas batallas, porque por un pequeño instante te permití ser real, y así tenía que ser, para que entendieses la verdad durante algunos segundos. Pero ahora hemos regresado a la tierra de sombras, y al mundo de los reflejos, a la tierra de nieblas y cavernas, a este, tu mundo de mierda, al que amas tanto. Donde soy el cuerpo anónimo sin rostro, que llena tus espacios vacíos, y al que saturas de tus miedos burgueses. Por eso, antes que vayas allá, donde él te espera, y antes que uses por última vez la copia de las llaves, recuerda el segundo de realidad que tuviste ocasión de vivir esta noche.

La mujer no tuvo tiempo de entender inmediatamente. Se vistió mientras temblaba, lloraba con una misteriosa tristeza que no podía definir. Besó la frente de Lebannen, quien seguía en aquella silla, desnudo y con la ceniza del cigarrillo ensuciándole los muslos.
- Sabes que esto es una locura- Dijo dulcemente, como una madre que consuela a un hijo moribundo. Él me espera, me voy, ya no podemos seguir viéndonos-

Amanda necesitó unas pocas semanas para entender lo que pasó en aquel misterioso segundo en casa de Lebannen, una serie de sueños recurrentes le aclararon la situación poco a poco.
Amante irremediable de la tierra de sombras, y temerosa de dejar el mundo de los reflejos, Amanda había repudiado su verdadera ciudadanía, las arenas arcaicas desde las cuales nuestros propios mares no son mas que sombrías proyecciones, había dejado atrás al peregrino de carne y piel, que habiéndola amado en el esplendor se su gloria la fue a buscar atravesando mar tras mar, hasta cruzar las fronteras de los arquetipos. Pero lo peor de todo es que Amanda había olvidado su propio nombre , su nombre verdadero y ya no podría regresar al dulce placer de volar extendiendo sus poderosas alas, al maravilloso ruido de sus enormes escamas chapoteando dulcemente sobre el agua de los ríos, y la frenética alegría de volverlas vapor desde los sutiles suspiros de fuego en su boca.





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